Las manos trazan sobre el cuerpo mundos alternativos. Van y vienen aquí y
allá sin prestar atención a las costumbres. No recuerdan los viajes
anteriores ni piensan en los futuros, se centran en sí mismas y en el
cuerpo que descubren. Las huellas invisibles que dejan a su paso son
perennes, no se subordinan ni a las manos que las crean ni al cuerpo en
el que se dibujan. Son inmortales e independientes. Descubren paraísos
en cada centímetro de esa comunión física que forman carne y piel.
Las
manos son seres extraños. Se diría que las manos discurren por huellas
ya hechas, por caminos y veredas corporales inmutables. Las manos van
trazando esos dibujos que pueden parecer ilógicos , pues se escapan a
cualquier tipo de voluntad conocida, pero se encuentran ahí desde el
principio del tiempo, como la envidia o la desnudez.
Sin embargo,
cada caricia es un recuerdo, una vuelta a mí mismo, a ti que no sé ni
quien eres, este cuerpo que linda con mis manos y este sentirme tan
extraño. Porque tocarte también es una vuelta a ti, un constatar que
solo estás entre mis manos (y ese verso de Rilke que dice que creemos
poseer las cosas solo por tocarlas). Únicamente estas entre mis manos y
sé que te podrías ir como en un sueño. Entonces cada vez que te toco es
también una despedida, es una forma triste de intentar retenerte y no
poder hacerlo, es una lucha conmigo, contra nuestros cuerpos. Y yo te
toco y todo eso es ya una larga y desordenada elegía.
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